viernes, agosto 22, 2008

SI ES UN ACCIDENTE, TODOS LOS ACCIDENTES LO SON


He buscado las cifras y me salen las cuentas. Durante el año 2007 los accidentes de tráfico originaron la muerte de siete personas cada día. Fallecidos que no regresarán a la vida a pesar del empleo de campañas de concienciación y medidas legislativas arbitradas por los gobiernos y administraciones a fin de reducir los efectos que la impericia, las imprudencias y los actos delictivos hacen del tráfico por vías asfaltadas un riesgo considerable para las personas que lo hacen posible. Como ya se sabe, a nada que los términos del código de circulación fueran observados sin omisión ninguna y los usuarios se comportaran con responsabilidad y civismo, tales accidentes podrían descender en gravedad y número como para evitar una pérdida de vidas y de dinero que es torrencial en estos momentos. Mas, ya que hablamos de accidentes, no recuerdo a los familiares y amigos de los finados en las circunstancias dichas retratados en la tele ni seriadas en los periódicos las vidas de cada una de las víctimas, ni la presentación de condolencias de parte de gobernantes y políticos a quienes corresponde en casos así. No recuerdo tampoco- aunque bien pudiera estar equivocado- la comparecencia de sanitarios competentes que ayuden a sobrellevar el luto a los deudos de tanta tragedia. Y aplíquese esto a cualquier otra muerte por causas imprevisibles, ni naturales ni por enfermedad. Aplíquese y se verá la extraña diferencia. ¿Con qué? Pues porque a la catástrofe aérea recientemente ocurrida, por desgracia abundante en decesos, se la está equiparando tanto a la hora de informar como de guardar las formas oficialmente con aquel desastre criminal del 11 M. Se ofrecen informaciones que si no son falsas contribuyen al caos cuando se cotejan jornada tras jornada, llueven los pronósticos de adivinación: expertos o muy entendidos que se ofrecen o son reclamados a fin de esclarecer por anticipado las causas del siniestro. En fin, a nada que se sigan los acontecimientos, el relato de lo que supone el trato de uno y otro suceso es enunciación pareja de algo, sin embargo, bien distinto. Dentro de dos días- y quien dice dos dice doce- todo se habrá olvidado para la prensa y para los que viven de salir en las fotos de la prensa o en los espacios de televisión y radio o para los que sin tales medios corren el riesgo de dejar de existir. Será así, pero el agravio comparativo queda. Permanece una diferencia de rangos del todo inadmisible puesto que los accidentes son desgracias fortuitas e indiscriminadas y el asesinato en masa es una obra criminal que, humanamente, no tiene nombre. Y es incomprensible para mí la razón o el argumento gracias al cual se sostiene este consumo de mal gusto que nos hace candidatos a la divisa de chismosos y chismosas más ávidos de morbo que lo está un fumador de tabaco cuando padece el “mono”. De modo que, investíguese en silencio y seriamente con la misma rigurosidad siempre. En estas eventualidades y en cualesquiera otras. Valen lo mismo quienes sufren un accidente en carretera, ferroviario, trabajando en una obra, a pie por la calle o volando de un lado al otro del planeta. Los que perecen y los que les llorarán merecen respeto, honor y justicia todos por igual y cuando se destacan con tanta efusión unas desgracias sobre otras, estamos en el camino de pervertir los símbolos y las acciones. De empecinarnos en etiquetar de sentido y sentimental lo que no es más que espectáculo. Otro paso más en el interminable camino que ha tiempo hemos iniciado perseverando en la degradación y el asco. Que nadie nos maree. Que nadie se sirva de nosotros porque parece que ni los muertos, ni los muertos en vida que son los sobrevivientes- en este caso los parientes sociales o familiares de esos muertos- puedan proseguir a un lado y otro de la existencia en Paz.



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