Si de paso cerca de la entrada de un local donde se anuncian conciertos de música moderna, en fila de uno en uno o por parejas, aguarda un gran número de personas cuya indumentaria es prácticamente idéntica, podemos afirmar, con cierto grado de verosimilitud, que coinciden en sus gustos y pertenecen a una misma agrupación de seguidores. En el caso que recuerdo al redactar estas líneas, impecables ternos oscuros, camisetas, pantalones y vestidos negros, con signos y títulos alusivos al mundo del rock duro, no dejaban lugar a dudas sobre la inmediata cita «familiar» con motivo de la actuación de un terceto, cuarteto o quinteto de profesores especializados en ese tipo de ritmos. Pero, dicho todo esto —y expresado así por si hubiera quienes no estuvieran dispuestos a aceptar pulpo como animal de compañía—, lo que realmente me llevó a reflexionar fue la idea del uniforme.
Suele ser este ropa propia de tareas laborales y, precisamente por ello, ya que son pocas las personas que declaran satisfacción por las obligaciones que lleva aparejada la jornada de trabajo, atavío que se prefiere dejar en el perchero cuanto antes. Sin embargo, ya sea para actos culturales —ahora que viene la Semana Santa, por ejemplo—, para vestir a la usanza folclórica allí donde se celebre una gala regional o para encuentros puramente ociosos, como los de las peñas en ferias y fiestas, el aliño peculiar y distintivo de cuerpos, instituciones o agrupaciones prolifera entre personas de toda condición, cualquiera que sea el lugar donde coincidan.
Ahí está la ropa de temporada en los grandes almacenes y, ya lindando con la propuesta fantástica, el diseño de moda en las pasarelas: este año se llevan tales colores, tales cortes y tales anchos, complementados con un determinado calzado. Toda otra combinación de texturas, formas o tallas resulta más difícil de encontrar. Y, precisamente, quienes presumen del don de la rebeldía, quienes participan en la vida descreídos y desafiantes, combatientes contra todo orden que exija comportamientos o indumentarias uniformes, sucumben igualmente a los códigos de su entorno y acaban exigiendo idéntico jaez para distinguirse. Basta observarlos para comprobar cómo comparecen, con unos u otros trapos, como un ejército de múltiples estéticas.
He ahí la paradoja. Si la música militar fue incapaz, en tiempos, de motivarnos para abandonar la desocupada postración cotidiana, como venía a decir, más o menos, la copla de Brassens en La mala reputación, concluimos, no obstante, militarizados en la ropa y en perfecto estado de revista, aunque sea para hacer el amor y no la guerra.
Y aquí viene muy bien recordar el dicho popular que aconseja no decir nunca «de esta agua no beberé». Porque, bien por subsistencia, por fervor, por costumbre, por imposición comercial o por afán revolucionario, todos resultamos —o resultaremos— ser, alternativamente, pavos reales y gorrioncitos; animales de repetición a los que también alcanza otro viejo refrán: aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
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