domingo, enero 04, 2009

Y, ¿CAMPANADAS APARTE?


Hacemos muchas fiestas. ¿Por qué? Se dirá: “compensar la suma de horas empleadas en atender obligatoriamente labores socialmente aceptadas para asegurar nuestro sustento y… nos permitan salir de fiesta, es indispensable para la buena salud mental de todo bicho viviente: especialmente si ese bicho es una variedad humana”. Bien. Y quedan a salvo, claro está, los que sufren incluso magullaciones en el alma al insinuárseles tan solo lo oportuno de un descanso. Para los dichos, aliviar por unos instantes el frenesí que conlleva la dedicación obsesiva a esas ocupaciones, mejor o peor remuneradas y de nombre trabajo, según conoce hasta el vecino peor instruido, es ocasión para la tragedia. Mas, ya que entran en el balance, figuran en la cuenta con renglón propio… Pero digo que hacemos muchas fiestas. Muchas. Por ejemplo festejamos un ciclo de tiempo de doce meses y salimos a las plazas donde el reloj municipal que dispone de singularidad sonora en lo que a la ordenación del tiempo respecta, entona su rol adocenado. Hacemos énfasis en lo multitudinario desde cada pellejo a fin de experimentar y demostrar alegría y bebemos, y tomamos uvas- dicen que si son del Vinalopó, mejor- y dejamos las calles, después, a cargo de las brigadas de limpieza, otros obreros llamados al tajo para retirar las inmundicias que originamos, siempre en proporción directa al tamaño de la juerga. Exactamente lo mismo que acaba de suceder, como sé desde que recuerdo, hace unos días… Así que somos alegres pero cochinos como nosotros solos. Debe ser que la gloria del buen jamón solo se consigue si es precedida de un abundante rebozado en mierda. Sin embargo, además de expansivos, vociferantes, ultradinámicos, marranetes y con salero, hacemos gala de ocurrentes. Es el momento de empezar, decimos, y tomamos el cajón de las palabras sagradas para distribuirlas sobre el altar de los grandes juramentos. Propósitos, metas, sueños  y toda clase de mapas para llegar a destino. Hacemos la maleta, disponemos el petate y proclamamos nuestra vecindad con senderos no nuevos por impensables o sorprendentes, sino a estrenar desde el día en que, anunciándose su uso, no llegaron a ser transitados por primera vez. Y sí, somos unos bocazas. Unos cacareadores de corral, de los de mucho ruido y pocas nueces, llenos de alboroto y luego nada. Gárrulos del si te he visto no me acuerdo y, al poco, vestidos para quedar como aseados contertulios de cualquier reunión. Nosotros, “ustedas y ustedes también”, incapaces de callar puesto que carecemos del ánimo y el honor para responder a lo públicamente ofertado y, por contra, dados a la imprudencia de disertar acerca de lo trascendente y lo intrascendente asignándonos una autoridad que nos es impropia. “Ustedas, ustedes” y también yo brillantes casi siempre que guardamos silencio. Por todo esto, ahora que la crisis continua, quizás aprendamos a economizar nuestro discurso y emplear las expresiones necesarias, aquellas a las que podemos hacer frente desde la inteligencia, el sentido común o la apacible proporción de lo lúdico. Y así, puesto que hacemos muchas fiestas, tendremos para celebrar algo cierto.  ¿O no?  

 

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