jueves, enero 18, 2007

DEL IMPERIO DE UNA CÓPULA VERBAL


Azorado como estoy, intento la fusión de dos palabras para definir un concepto aprendido mientras viajaba en la línea dos de los autobuses municipales. Conversaban el chofer, a pesar de los escasos diálogos que con tales profesionales están permitidos, y un individuo antaño también al volante, contratado por la misma empresa: de testigo involuntario, dada la plaza que ocupaba en el coche, yo mismo. Asuntos laborales, relaciones con los otros compañeros y chismorreo de machitos cuyo cenit tuvo lugar cuando, el conductor en acto de servicio, narró el antes y el después de su matrimonio. Periodo que, cual dogma de fe, hacía extensible a toda unión conseguida tras ceremonia religiosa o “bendecida” por las autoridades. Pues bien, sucedió criticando la supuesta vida marital de un compañero que debía pasar nada más las horas justas en su domicilio y para dormir algo: “Yo llevo veinte años de casado y ya no es igual. Al principio no piensas en otra cosa que finalizar la jornada y llegar a casa para clavársela allí donde pilles a la ”…. Y yo me desentendí de lo que seguía. Me desentendí también porque llegamos a mi destino y hube de apearme… El caso es que lo verdaderamente importante para aquel caballero, lo fetén de su relación de esposo, consistió en una fiebre testicular originaria de la necesidad inmediata de satisfacer su hombría, precisamente amortizada con el paso del tiempo. Y pensé en cópula, nombre común mucho más eficaz si era sustituido por una voz más popular, como el sustantivo, prestamista de algunas de sus sílabas, al término definitivo que designara la naturaleza exacta de lo experimentado por hombres como el descrito entre los protagonistas de mi peripecia. Y, aunque no suena muy bien, no hay otra: “follamonio”, apelativo de lo más conveniente para explicar uniones como la dicha, por otra parte muy comunes entre la población, entre los seres humanos heterosexuales y con órganos reproductores externos, no digo ya sólo de la parte peninsular que nos toca, sino de la insular y continental por no decir planetaria. Igual la mayoría de los varones somos conductores de autobús en trámite de portarnos como eléctricos y muy necesitados conejos, o de haber consumido todo vigor, interés y riqueza seminal de nuestras gónadas. Conductores, aunque no ejerzamos como tales, que, luego de veinte años de vida sin importar el propio rol- tiempo considerable, y mucho, a pesar de la letra del tango- nos apoltronamos y cumplimos como el león: según naturaleza y sin excesos.

Me miro en el espejo mientras me pregunto si quiero contraer “follamonio”: por suerte aún no me he expedido billete para el trayecto. Sin embargo no es algo que me tranquilice. Como a Gregorio Sansa todo me puede ocurrir un día.

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