miércoles, septiembre 27, 2006

MOISÉS


La solución será un acto más o menos estético, pero la ley obliga y en la bolera que se abrió cerca de los multicines, han encajonado parte de la barra para que los fumadores envenenen con su humo maldito sólo a los camareros empleados en el local. Precisamente en ese “apartadero” al que me dirigí no sé por qué, puesto que no fumo, reposaba con ganas de conversación, Moisés. Lo supe, su nombre, antes de que él mismo se presentara: un chavalín de aspecto moreno, con acento del sur de América, Carlos, hijo de la chica que servía, fue alzado hasta sentarse en la barra por el citado parroquiano y, fruto del breve diálogo entre ambos, conocí lo que digo conocí posteriormente. Moisés observó, sin atender a protocolo alguno dirigiéndose a mí, lo diferente que resultaba el establecimiento tras las ineludibles reformas realizadas a causa de la ya dicha “cruzada anti tabaco” inspirada por la ministra doña Elena Salgado. Como toda respuesta balbuceé algún monosílabo, intentando saborear el café que tomaba pendiente del juego que se desarrollaba sobre las mesas sitas al otro lado del cristal. Él insistió en lo de la novedosa infraestructura y, visto que yo me fijé, comentó también las excelencias de una moza rubia, muy alta y lo suficientemente proporcionada como para suscitar deleites inconcebibles en las “perchas” que desfilan por esos mundos de la moda. He de confesar que los borrachines, cuando pretenden simpatizar a toda costa con quien pueda prestarles atención, siquiera por decoro cívico, me ponen nervioso. No sé que hacer ni qué decir, ni como excusarme de todo compromiso sin abandonar mi sitio o desairar a quien me interpela... El caso es que Moisés se presentó, nos dimos la mano y, tras ese gesto, con todo lo respetuoso y abundante en formalidades de manual, rancias por conocidas pero entrañables, dejó de ser un extraño al que supuse origen de una serie de indeseadas molestias. Y digo de quien recelé, no fuera a interferir en la tranquila ociosidad que elegí antes de acudir a la sala uno de los cines a los que he dicho estaba próxima la bolera, a fin de ver ALATRISTE... Luego, fuera ya del recinto cinematográfico y a pie camino de mi domicilio, recordé. Feliz por haber presenciando una película excelente, una obra de resonancias dolorosas y líricas que sucede en escenarios donde los usos palaciegos en aquel Madrid y Corte durante el reinado de Felipe IV, Rey Planeta, brillan por su ausencia; narración con personajes constantemente acuciados por sí mismos y en trámite de quebrar aunque, a pesar de tan afligido panorama, al menos para algunos de ellos, late la vida, se impone y triunfa en lo más hermoso y callado, que deja un regusto amargo pero real y es exponente de un tiempo e historia que fue parte de lo que somos. Alegre al constatar en mí mismo la fortuna de amar y saberse amado. Satisfecho de experimentar sosiego al admitir la verborrea de un contertulio beodo al abrigo de la barra de un bar como suceso mucho más pertinente que los diálogos que a algunos se les antoja mientras se proyecta una película o seguro de abandonar la sala si la función me disgusta, sin esperar a su conclusión, intentando evitar molestias al resto del público asistente. Recordé digo, que nunca tendré la apostura de Vigo Mortesen- Alatriste para, con el aplomo de uno de esos personajes del Oeste que encarnara Clint Eastwood, lanzar la gorra de propaganda que Moisés me regaló de entre las tres que obtuvo tras dar la lata en la bolera, como el capitán su sobrero antes de ser acuchillado por el sicario Malatesta. Eso sí, tengo otras gracias.

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