sábado, abril 28, 2007

CANCIÓN DE CUNA PARA NUESTRO DESAMPARARO


Canción de cuna para nuestro desamparo

Por Valeria Rodríguez Lamas

Corrieron calle abajo desesperadamente hundiéndose hasta los tobillos en el fango del solar baldío. La escuchó jadear saltando la medianera, “está cansada, hace tiempo que no la veo bien”, maldecir, trastabillar entre bidones y latas de kerosén desperdigadas. A pocos metros los vagos empuñaban las linternas bajo el torrente de agua, ojeando las siluetas esquivas de sus sacos contra el pabellón, alguien gritó “al piso, carajo”, pero el sonido se esfumó bajo el crujido de las alcantarillas saturadas de inmundicias. “No puedo más”, dijo Natalia apretándose el pecho con la palma aún teñida por la tinta de los bocetos, “seguí vos”. Sebastián se volvió a mirarla y la encontró pálida, suplicante, “¿cuándo dejamos que nos violaran la paz?”, aspirando a bocanadas los jirones de su miedo visceral. “Vamos a casa, nena”, dijo despejándole la frente, “un poco más, no me hagas esto ahora”. La incorporó del antebrazo obligándola a cruzar la bocacalle, “enderezate un poco, sólo faltan dos cuadras”, ella escupió una espuma ácida que barrió con el dorso de la manga, “se nos pudre la república y la madre que los parió”. Atravesaron la plaza tomados de la mano, los dedos trenzados en una madeja palpitante, febriles y ateridos, sin atreverse a escudriñar la esquina. La requisa del martes en el bar de Pablo los había enardecido como avispas, “se llevaron a Pirota”, les contó el Turco, “lo arrastraron de los pelos hasta la camioneta mientras cantaba la marcha de San Lorenzo. Al pobre no se le ocurrió nada más irreverente que aullar ‘honor al gran Cabral’ con los pulmones henchidos de patriotismo”, “¿y María?”, “lo está buscando como loca, por suerte se había demorado atendiendo una fractura al final de su turno, si no”. Pese a la inminencia del cierre de la fábrica habría querido contarle, besarlo en los párpados como la primera noche en las barrancas y decirle bajito que desde hacía dos meses era cuenco, “amor, cuando salgamos vamos a llevarlo al mar, como un bautismo, y esta pesadilla sólo nos dejará las marcas en el cuerpo”, pero los vagos embistieron las persianas poco después de haberlo visto llegar, “rápido, salgamos por el fondo”, sólo al sentir la fiereza del pavimento se dio cuenta de que estaba descalza, “tan desnuda, amor, con este frío y esos pies blanquísimos anegados de barro”, pero no le dijo nada para que no perdiera tiempo buscando los zapatos. A sus espaldas tronó una sirena y Natalia sintió que se le revolvían las entrañas, “creo que voy a vomitar”, “es el miedo, ya casi llegamos”, abrió la boca, dejó que la lluvia le limpiara la lengua, “bendito es el fruto de tu vientre”. Le pidió fuego sabiendo que no tenía cigarrillos, cerca de la barra alguien destrozaba “por una cabeza” entre los remezones de un whisky sin etiqueta, “¿querés bailar”, “y bueno, si vos me enseñás”, acercó su cadera a la cadera de ella, opulenta, húmeda, apremiante, y las piernas se le volvieron lánguidas, “no llores, nena, ya veo la ventana de la cocina”. Desde el patio de los Leguizamón el pibe más chico les hizo señas con una linterna, “apurate Sebastián que te vienen pisando los talones”, “tomaron la cortada”, pensó limpiándose los ojos, “si nos salvamos te juro que”. Saldría temprano a comprar leche para prepararle el desayuno, con pan tostado y manteca como le gustaba, “¿ya estás despierta?”, hundió la nariz en la nuca buscándole el sexo con manos ávidas, “me clava los huesos en la carne, tan flaquito, amor, cuánta pena”, “dame tus llaves”, dijo vaciándole los bolsillos, “pronto, nena, que ya están en la esquina”, el estallido los dejó sin aire, “están tirando los muy hijos de puta”, calzó la cerradura, la arrojó de bruces en la galería y corrió el pasador, “que pasen de largo, por favor, que pasen de largo”, permaneció con la espalda apoyada contra la puerta mirando la penumbra, la sangre estallándole en los oídos, ensordeciéndolo, “por una cabeza todas las locuras”. Ella sofocó una arcada reclinando la frente en el filo de sus rodillas, le buscó los ojos, implorantes, atónitos, fijos en el resplandor de la ventana, “voy a lavarte con agua tibiecita, amor”, quiso gritar, gritarle, pero apenas movió los labios en una mueca de espanto, la vio abrazar su vientre echándose de lado, “ruega por nosotros ahora y en la hora”, cuando el temblor en la puerta le desgarró las costillas, “Natalia”, balbuceó entumecido, lacerado, deforme, “no conozco ninguna Natalia”.

http://www.letralia.com/136/letras11.htm

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