miércoles, agosto 08, 2007

GRITOS Y SUSURROS


Hablamos muy alto. Somos escandalera en público y en privado, sin ninguna necesidad la mayoría de las veces, y nos hace falta una urgente educación en decibelios. Se dice que el carácter español es propicio a la desmesura vocal porque, al vivir de puertas a la calle gracias a la climatología de la que disfrutamos, abundamos en la fiesta, somos de arengas, vítores y canto, e incluso algunas de nuestras costumbres, “tamborradas” y pirotecnia por ejemplo, son santo y seña de un proceder estimadísimo entre propios y extraños. Esto nos explica y nos redime en un principio, pero actuamos como plaga y no nos contentamos hasta oír como truenan los otros. Me refiero, en especial, a quienes llegan del exterior a residir entre nosotros, o de visita. Terminan contagiándose, bien es verdad que en el tránsito de la moderación al estruendo sonoro la cerveza y el tinto de verano surten los efectos oportunos para que sea así, y la vieja piel de toro es un clamor cual el que debió vivirse en la Torre de Babel al confundir Dios las lenguas de los que trabajaban edificándola. Pero, si los saludos, conversaciones o monólogos discurren voceados como si un fragor inaudible, sólo escuchado por nosotros, nos obligara a expresarnos con una proyección similar a la indispensable para que nos escuche un interlocutor muy lejano de nosotros, las confidencias, sobre todo si se trata de despellejar al vecino, reducen la tormentosa declamación a susurro, provocando la inevitable pregunta: ¿Qué?... Es entonces, cuando quien tiene la información y pretende la maldad- porque hablar a escondidas y decir del vecino, familiar, consorte, amigo o conocido de este modo, es signo de crítica inmisericorde, blasfemia o chascarrillo de portera- hace de las suyas: el momento de los cuervos, los buitres y demás malas aves de rapiña. Una hora, no obstante, casi silenciosa porque, aunque en los programas de naturaleza de “La 2”, o los que pueden contemplarse servidos por los canales temáticos de las distintas plataformas televisivas, podemos ver la fauna a la que se ha hecho mención chillando estridentemente para reclamar su parte de carne de cadáver, no curre igual entre humanos. Descuartizando al prójimo la versión “sapiens” de esta tan poco afamada prole, se tapa, se esconde, se oculta y teme se difunda más allá de aquellos en los que confía aquello que va poner en conocimiento de quienes le prestan oído, no sea que alguna voz más alta que otra provoque indisposiciones sociales con aquellos que son sujeto de la maledicencia. El cotilleo, si se realiza con miras a permanecer sirviéndose de la victima, requiere levedad en el sonido por más contundencia que tenga lo que se refiere. Eso sí, siempre que no se televise porque, en un plató de televisión, millones de euros de por medio, a medias difamación a medias denuncia, se proclama lo pretendidamente íntimo en sintonía con el barruntar del elefante delimitando su territorio selvático. Así pues, los premios, los éxitos, sin sordina: que nadie se quede sin saber lo guapos que somos y dónde certifican la notoriedad de tal aserto. Los asuntos de cloaca, cuando hay dinero de por medio, también: resuenen con alegría o sin ella en la más lejana galaxia. Solo nos contiene o apacigua el débito que nos obliga a ser juez y parte, centinelas impenitentes de la vida ajena, por el morbo de saber o la tranquilidad de sentirnos superiores, de algún modo, a quienes luego, cínicos como somos, abyectos, palmeamos en la espalda tras un tiempo sin saludo. O vociferamos o ni se nos entiende. Moneda con las mismas dos caras aunque de rostros distintos se trate. Hoy, óbolo de mi disgusto.

No hay comentarios: