martes, abril 04, 2006

DE YAYOS FÓRMULA UNO, Y PETER PAN

Desde LA RADIO me llegan ecos- y es la segunda vez- de una información conocida: las estadísticas en poder de la DGT- Dirección General de Tráfico- indican que el colectivo de conductores con más de sesenta y cinco años de edad es el más seguro al volante. Participan en el menor número de accidentes, cumplen rigurosamente las normas de tráfico, nunca circulan bebidos, drogados o atentos a otras circunstancias- fumar, conversar por teléfono- que no sean las de la conducción. Sin embargo, las mismas autoridades informan de las incesantes demandas que se reciben de parte de familiares, sobre todo, solicitando se cancele el permiso de conducir a estos ciudadanos. Ocurre que, a pesar de los controles a los que se someten y superan las personas que sin límite de edad están autorizadas a participar del tráfico rodado, un sentido de protección acusadísimo mueve a intervenir a los parientes más jóvenes a fin de salvaguardar a sus mayores. Se diría bastante lógico, pero, ya que los estudios muestran que, con todas las limitaciones que del paso de los años resultan, no solo “la brigada de la penúltima edad y más allá” es apta para hacer uso del asfalto como tantos otros FERNANDOS ALONSO, sino que obran a esos efectos con cordura, sensatez y equilibrio- vamos, con sabiduría- las prevenciones antes aludidas no habrían de tener demasiada justificación. Pero, ¿entonces?... Quizás una de las explicaciones esté en parte de lo declarado por el filósofo francés LUC FERRY, según texto de Juan pedro Quiñonero publicado en el diario ABC el pasado sábado día uno de Abril. Dice este pensador, al que se considera uno de los más influyentes del momento, para ofrecer explicación a la reciente “revuelta” estudiantil en el país galo: “Quizás nosotros seamos culpables del miedo y la angustia de los jóvenes. Hemos creado un mundo donde envejecer es una catástrofe...”. Palabras, como digo, extraídas de una argumentación mucho más amplia e interesante, que inciden sobre la idea de un “síndrome de Peter Pan”- considera Ferry que los muchachos “son niños que se niegan a crecer”- y suficientes conforme a la idea que me propongo desarrollar al fin: la sociedad está empeñada desde tiempo atrás en abolir la enfermedad, asunto loable, pero estos cuidados de salud se han extremado de tal forma que no se admite o no se empieza a admitir a nadie fuera del prototipo de ser bonito, sonriente y confortable. Personas que responden a una uniformidad corporal, el canon de belleza que promulga la moda, la ausencia espartana de “taras” tanto estéticas como de salud y la comunión de hábitos y costumbres. De acuerdo con esto, si ser fumador es un vicio criminal, tomar vino en las comidas algo relacionado con el alcoholismo, pesar mucho más de lo que se debe una alteración física que trasciende para mal los naturales inconvenientes que se sabe propios de la obesidad, y ser calvo un desdoro que inquieta hasta a los políticos, hacerse mayor es sinónimo de decadencia automática y consecuente olvido. Por lo tanto, no conviene que los ancianos, que no circulan a doscientos cincuenta kilómetros por hora, ni se ponen al volante borrachos, etcétera, intervengan por sí mismos en ninguna actividad de las que son comunes entre los jóvenes: son un peligro. Un peligro que muchos combaten en sí mismos mediante la cosmética o la cirugía. Un peligro que deben ver en sí muchos a tempranísimas edades. Un peligro del que debo formar parte desde que fui designado por mi sobrino abuelo segundo. Entonces me pareció un honor, ahora, tal vez...